Tras el extraordinario texto al que Victoriano Santana nos tiene habituados, y las brillantes exposiciones del pasado miércoles en el Circulo Cultural a propósito de la relación entre cultura y desarrollo, debo decir que yo tampoco me atrevo a definir el término cultura, sin embargo, no creo ser muy osado si me apoyo en una concepción amplia del término, que vaya más allá de su identificación con los bienes culturales de mercado y del glamour con que ministras, concejales y alcaldes envuelven su agotadora omnipresencia, aquí un cuadro, allí un concierto y más tarde un concurso fotográfico, y que pueda servirnos para poner los cimientos de una sociedad de bienestar, auténtica aspiración humana y antagónica de una sociedad infradesarrollada, que es pobre más allá de lo llena que esté la despensa.
Si nos apoyamos en las archiconocidas tesis del psicólogo humanista Maslow y en las más recientes aportaciones del Nóbel de Economía Amartya Sen, el ser humano y las sociedades en que este se agrupa, se elevan en su condición humana y, por tanto alcanzan cotas mayores de desarrollo, cuando progresan en libertad, lo cual es una consecuencia del crecimiento en capacidades, que no debemos confundir con la acumulación de conocimientos. Desarrollo, libertad y cultura se dan la mano y son una secuencia de política económica, que arranca con un gran fin social, el desarrollo humano, seguido de un objetivo finalista que es la libertad humana y de un instrumento/objetivo que es la cultura. Pero, como decía al comienzo, la cultura debemos entenderla en sentido amplio, que aunque indefinible e inabarcable nos va a ofrecer más autenticidad y valor que aquellas nociones restrictivas que la identifican sólo con los productos de la creatividad artística humana, muy valiosos, sin duda, pero que no son los pilares del bienestar al que, repito, nos conduce nuestra intrínseca humanidad.
La cultura así entendida es una inversión, y como tal, no se consume, sino que aumenta el potencial del individuo y, por agregación y sinergia, el de toda la sociedad en su conjunto. La inversión cultural –en capacidades y libertad- correctamente identificada (Gary Becker – Nóbel de Economía) acrecienta el capital humano, como indicador y valor económico al que las políticas de desarrollo deben apuntar.
Por supuesto también está la concepción instrumental de la cultura al servicio de otros fines, más del corto plazo, como son el empleo y la actividad económica que, no debemos obviarlo, presionan mes a mes a cualquier político responsable. Es inteligente y también rentable socialmente cualquier camino que potencie la producción y el consumo de bienes culturales de base local. Pero, más allá de ello, y por ello subrayo su importancia crucial para la sociedad, especialmente en los tiempos que vamos a vivir, está la consideración de la CULTURA, como eje sobre el que se articula una auténtica política de desarrollo, y que ilustre y de coherencia a acciones tan diversas, y a veces divergentes, como las de servicios sociales, juventud, educación, urbanismo, tráfico, igualdad de oportunidades,etc.
Por último, no dejaré de repetirlo, invertir en CULTURA no es proyectar y construir un palacio de la cultura que hipoteque el futuro y de un paraguas glamouroso a las elites locales en el disfrute de los bienes artísticos. Invertir en CULTURA es invertir en libertad humana pero, ¡que lejano está eso de los que ansían el poder para domeñar al individuo, y se llenan la boca día si y día también de la muletilla “desarrollo económico y social de Telde”!, sin que sepan, ni quieran saber su significado.
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